23 abr. 2012

Ciencia y Sociedad para el Siglo XXI

publicado en La Jornada Morelos el 23 de abril de 2012

La ciencia ha demostrado ser un importante motor para el desarrollo económico de las sociedades. Sin embargo, los avances más importantes han requerido de la participación social, no sólo la de los científicos e ingenieros. Se ha establecido que la gran diferencia entre los países desarrollados y las naciones en desarrollo reside en que en estas últimas los científicos han trabajado por más tiempo sólo en su torre de marfil. Las medidas políticas tomadas en favor de la promoción de la ciencia y la tecnología en los países latinoamericanos se asemejan más a ejemplos de filantropía que a auténticas políticas científicas, pues existe una incipiente demanda real, política, económica o social, sobre sus posibles aplicaciones. Es sólo reciente que existe un conocimiento de las potencialidades de la ciencia y de la ciencia misma por parte del resto de la sociedad.
            Noemí Sanz Merino y José Antonio López Cerezo publicaron el artículo titulado “Cultura científica para la educación del siglo XXI” en la Revista Iberoamericana de Educación, de la Organización de Estados Iberoamericanos, Número 58 Enero-Abril, 2012, donde abordan la cuestión de cómo entender la cultura científica si queremos desarrollar un tipo de educación científica que sea socialmente provechosa en la presente sociedad del conocimiento.
            La ciencia moderna se consagró como un motor fundamental para el progreso económico y social desde la Segunda Guerra Mundial, señalan los autores. Desde entonces, la apropiación social de más conocimientos científicos e ingenieriles se consideró oficialmente conveniente, e incluso necesaria, junto al resto de medidas generales de promoción de la ciencia y la tecnología en los países más avanzados. En la transición hacia la sociedad del conocimiento los ciudadanos se encuentran ante circunstancias y escenarios de acción que, efectivamente, son social y tecnológicamente muy complejos y que, por ello, a menudo obligan a tomar decisiones incluso arriesgadas en lo individual, indican los autores. Son las circunstancias científico-tecnológicas de nuestra sociedad actual las que, más allá de respaldar su habitual conveniencia social como recurso de progreso, parecen justificar la idoneidad de establecer a la cultura científica popular como condición necesaria para una toma de decisiones que se puedan considerar razonablemente adecuadas.
Para la mayoría de los especialistas, según los autores, el enfoque ciencia-tecnología-sociedad (cts) en educación propone añadir a este sentido de capacitación científico-tecnológica otros conocimientos y destrezas asociados a información y valores que estén en relación directa con otras necesidades personales de los alumnos y alumnas. Es decir, una educación cts debería, por ejemplo, y entre otras cosas: incluir conceptos científicos y habilidades procedimentales que sean útiles en sus vidas cotidianas, también en tanto que les permitan tomar decisiones como ciudadanos; centrarse en aspectos sociales locales (en cuestiones y problemáticas familiares, escolares o comunitarios); atender asimismo a problemas globales, a los asuntos que conciernen a todo el planeta, como son los medioambientales o los relacionados con los límites del crecimiento industrial, en general; y dar a conocer la naturaleza y el alcance de una amplia variedad de ciencias e ingenierías, en tanto que ello despierte las aptitudes de los estudiantes o llame su interés hacia distintas carreras científico-tecnológicas actuales.
            La situación iberoamericana es un claro ejemplo de por qué la cultura científica es todavía hoy un tema político de primera magnitud en el incremento de la riqueza cultural y material de ciertas naciones, establecen los autores. Casi todos compartimos aún la necesidad de llevar la ciencia a las instituciones, a las empresas y a los ciudadanos. En este sentido, mejorar las políticas y el sistema productivo, incentivar vocaciones científicas en los jóvenes, elevar la cultura científica de los ciudadanos, e incrementar la valoración y apoyo públicos de la ciencia, entre otros, son algunas medidas que han de ser implementadas. Con tal objetivo, los autores plantean: los ciudadanos necesitan disponer tanto de información científica como de otros conocimientos que les posibiliten hacer uso de los mejores elementos de juicio posibles en tanto consumidores, padres, empresarios o trabajadores; generar con éxito ese tipo de cultura científica en la ciudadanía es un proceso mucho más complejo que una simple cuestión de alcanzar cierto nivel de competencia, medible mediante cuestionarios tipo test. Se trata, más bien, de implementar acciones que tengan en cuenta que el sujeto del proceso de aprendizaje integra los elementos intelectuales adquiridos en un sistema propio de creencias y actitudes, entre los que tienen también una gran relevancia otros factores cognitivos y psicológicos, y respecto de los cuales, además, el involucrarse personalmente adquiere una importante influencia, y una cultura científica que se precie de responder a los anteriores requisitos ha de concebirse entonces, e igualmente, como una forma de cultura crítica y responsable. Es decir, tiene que incluir información no sólo acerca de los beneficios potenciales de la ciencia sino también de sus incertidumbres, de sus riesgos y de los interrogantes éticos que pueda plantear. De la misma forma, la cultura científica popular debe ser un elemento cultural potenciador en los individuos de este tipo de cuestionamientos y de una actuación social en consecuencia.
            En Morelos, debemos trabajar para reconocer que ni el contenido ni el significado de cultura científica pueden simplemente restringirse a un conjunto de saberes científicos y destrezas tecnológicas, sino que su significado está vinculado a su potencial para generar opiniones, decisiones y acciones ciudadanas igualmente justificadas y motivadas por consideraciones sociales y humanísticas. Apropiémonos de la misión propuesta por los autores: formar ciudadanos que tengan conocimiento del papel y dimensiones sociales de la ciencia y la tecnología, capacitándolos para actuar en su vida diaria, así como motivándolos para involucrarse en los debates sociales y políticos sobre estos temas.